FIESTA DE DON BOSCO

Poner entero en cada paso el corazón, y hacer piruetas por amor!”

El pequeño Saltimbanqui.

Durante la primavera, en los días festivos, se reunían los del vecindario y algunos forasteros. Entonces la cosa iba más en serio. Entretenía a todos con algunos juegos que había aprendido. Había a menudo, en ferias y mercados, charlatanes y volatineros a quienes yo iba a ver. Observaba atentamente sus más pequeñas proezas y volvía a casa y las repetía hasta aprenderlas. Imaginaos los golpes, revolcones, caídas y volteretas a que me exponía vez por vez.

¿Lo creeréis? A mis once años hacía juegos de manos, daba el salto mortal, hacía la golondrina, caminaba con las manos, andaba, saltaba y bailaba sobre la cuerda como un profesional.

Había en I Becchi un prado en donde crecían entonces algunos árboles, de los que todavía queda un peral que en aquel tiempo me sirvió de mucho. Ataba a ese árbol una cuerda que anudaba en otro más distante. Después, una mesita con la bolsa y una alfombra en el suelo para dar los saltos. Cuando todo estaba preparado y el público ansioso por lo que iba a venir entonces invitaba a todos a rezar la tercera parte del rosario, tras la cual se cantaba una letrilla religiosa.

Acabado esto, subía a una silla y predicaba o, mejor dicho, repetía lo que recordaba de la explicación del evangelio que había oído por la mañana en la iglesia; o también contaba hechos y ejemplos oídos o leídos en algún libro.

Terminado el sermón, se rezaba un poco y en seguida venían las diversiones.

En aquel momento hubierais visto al orador, como antes dije, convertirse en un charlatán de profesión. Hacer la golondrina, ejecutar el salto mortal, caminar con las manos en el suelo y los pies en alto, echarme a continuación al hombro las alforjas y a tragarme monedas para después sacarlas de la punta de la nariz de este o del otro espectador; multiplicar pelotas y huevos, cambiar el agua en vino, matar y despedazar un pollo para hacerle luego resucitar y cantar mejor que antes, eran los entretenimientos ordinarios.

Andaba sobre la cuerda como por un sendero: saltaba, bailaba, me colgaba, ora de un pie, ora de los dos; ya con las dos manos, ya con una sola. Tras algunas horas de diversión, cuando yo estaba bien cansado, cesaban los juegos, se hacía una breve oración y cada uno volvía a su casa.

 

Memorias del Oratorio, Nº 8